jueves 29 de enero de 2009

El retorno al dolor - Alma en cautiverio (VI)





Como latigazos sin piedad que fustigan el cuerpo de un pobre esclavo mi conciencia me azotaba a cada paso que daba, no podía apartar de mi cabeza la terrible decisión que había tomado, había preferido de nuevo el camino sencillo, el placentero y que mayor recompensa a corto plazo me ofrecía... el agridulce sabor de la venganza... al cambio había sacrificado todo cuanto había significado para mí en la orgullosa ciudad de Orgrimmar, mis amigos, mis compañeros, mi hermana, mis nuevas raíces, mi orgullo...

Sacudí mi cabeza una vez más intentando espantar todo pensamiento que me distrayera de mi objetivo, estaba tan cerca de conseguirlo que no podía ya permitirme dudar sobre las consecuencias de mi decisión, ya tendría momento para reflexionar, ya encontraría tiempo para regresar e intentar enmendar mi error, si aún era posible. Me impulsé con mayor fuerza para seguir escalando, ascendiendo por esa empinada montaña que una vez consiguiera superar me permitiría tener una visión amplia del bastión de Thuregor, el gran esfuerzo hacía que mi frente estuviera repleta de gotas de sudor que me cegaban a traición y me hacían escocer los ojos, al menos eso me permitía tener un suspiro, había pasado demasiado tiempo dominado por las lágrimas.

Cuando el Sol se preparaba para despedirse en el lejano y rojizo horizonte, conseguí al fin superar los últimos metros y situarme en su cima, mientras me dejaba caer agotado e intentando recuperar el aliento, después de horas castigándome y sin darme tregua el cansancio había hecho acto de presencia y cada músculo de mi cuerpo gritaba tembloros para que le concediera un respiro, me preparé una comida frugal, pues el hambre seguía ausente de mi ser, y empecé a observar las pequeñas figuras que se movían al pie de la montaña, estudiando sus movimientos, su actividad, sus cambios de guardia. Iba a permitirme un poco más de paciencia, no pasaría nada que durante un par de días aprendiera cosas de mi enemigo, así tendría más posibilidades de llegar hasta Thuregor.

-Sergestus, expulsa ese dolor, abre tu corazón, deja que llegue a tí...


Sobresaltado desperté con la penetrante mirada de esos ojos verdes aún clavados en mi cabeza, hacía ya varios días que un extraño rostro y unas más extrañas palabras me asaltaban cada vez que conseguía conciliar el sueño, había algo en aquellos tristes ojos verdes que a su vez estaban cargados de una infinita ternura que me resultaban extrañamente familiares. Bebí un poco de agua para aliviar mi boca seca y me levanté un poco para estirarme, aún faltaban unas horas para el alba y entrecerreando los ojos tome mi decisión, era el momento.

Dejé todo aquello que pudiera prescindir, comida, enseres, herramientas, mudas, etc., me ajusté mi armadura lo máximo posible para evitar cualquier pieza suelta que me delatara con su tintineo, afilé la hoja de mi espada, el último legado que me fue entregado en vida por mi padre antes que partiera a mi instrucción, un modesto pero bien cuidado mandoble con unas runas inscritas en su hoja "Yrigrathia Thuïs Khanän", El Linaje de los Khanan. Mi padre amaba intensamente a mi madre y uno de sus muchos detalles fue renunciar a la priorización del apellido a favor del dragontino de mi madre, del cual a decir verdad siempre ha sido el orgullo de mi familia. Acaricié el simple pomo redondeado con cariño, recordando el día que mi padre me lo cedió junto a unas palabras que jamás olvidaría. "Usa esta espada para proteger a aquellos que amas, el resto del tiempo usa tu corazón para mantenerlos cerca de tí". De nuevo las lágrimas corrieron por mi rostro al rememorar el pasado, pero antes que me venciera el desánimo volví a coger fuerzas del odio y me levanté para cumplir con mi destino. Comencé a descender con las estrellas iluminando mi cara aún húmeda.

Me colé por una abertura en el muro trasero que usaban los propios centinelas para reunirse en sus guardias fuera de los ojos curiosos, a sabiendas que aún quedaba un rato para el cambio de turno y los que ahora paseaban por las almenas apenas podían mantener sus ojos abiertos del sueño y el aburrimiento. Un perro empezó a ladrar a lo lejos seguramente al captar mi olor y tras un quejido, seguramente por algún golpe propinado por el centinela que lo custodiaba, volvió el silencio, suspiré de alivio y seguí adelante usando las sombras para refugiarme de las miradas. Tras avanzar unos pasos conseguí colarme en el torreón donde, según mis cálculos, debía residir el humano Thuregor.

Una mueca de asco apareció de repente de mi rostro al ver la inmundicia que invadía ese lugar, restos de comida podrida por los rincones, excrementos de animales por doquier, restos de sangre y vómitos en las paredes, definitivamente tenía más razones que nunca para no sentir simpatía alguna por los humanos, no comprendía como podían vivir como animales... percibí de repente un movimiento en las sombras creadas por una de las antorchas del muro a mi izquierda que se encontraba cerca de uno de los muchos pasillos que se podían observan en la sala, como si alguien hubiera pasado rápidamente delante de ella, instintivamente aferré la empuñadura de mi espada preparado ante cualquier cosa que apareciera por allí... mierda, es una distracción... pensé demasiado tarde para reaccionar, justo cuando me intentaba dar la vuelta un potente golpe en mi cabeza hizo que de repente todo se tornara negro y mi conciencia se apagara...

... bien?, decidme caballero, ¿os encontrais bien?. , una voz dulce y susurrante que se derramaba en mi oído hizo que me despertara como acariciado por una pluma en el rostro, justo al instante después, un intenso dolor se adueñó de mi cabeza y no pude reprimir cogérmela, en vano intentando controlar ese agudo pinchazo que me impedía pensar en otra cosa que no fuera mi dolor, pude notar restos de sangre coagulada y comprendí de inmediato que me habían desprovisto de mis guanteletes, junto a mi arma y armadura.

-Creo, creo que sí, aunque también creo que no debo de estar entero por el dolor que siento en mi cabeza, ¿dónde estoy?, ¿qué ha pasado?.
-Poco puedo deciros de cómo llegasteis aquí mi señor, os arrojaron insconciente dentro de nuestra celda, una de las muchas que posee el infame humano llamado Thuregor, nuestro despiadado anfitrión.

Tras concentrarme lo máximo posible en intentar calmar el dolor y acabar de cicatrizar mi herida, levanté la cabeza para descubrir por mi cuenta cualquier cosa útil que me respondiera pero, unos ojos rojos me miraban con preocupación, una mirada que hizo que sintiera un pinchazo en mi pecho recordándome por un instante los recientes sueños que había tenido, aunque no eran los mismos ojos. Con la boca medio abierta contemplé la dama trol cuyo largo pelo rojizo como el fuego caía enmarañado por sus hombros y, que arrodillada, me miraba algo abrumada por la forma tan directa que la miraba, no pudiendo evitar girar el rostro tras encenderse con timidez sus mejillas antes azuladas, a la vez que descubría ciertas marcas que reflejaban un reciente acto violento sobre ella, no pude evitar sentir un ardor producido por la rabia que crecía en mi interior. Giré mi cabeza para intentar controlar mi furia y seguir observando lo que me rodeaba; dos varones Sin'Doreis con gestos de clara desesperación en un rincón parecían rezar una especie de oración, una Tauren, raza que destacaba por su pacifismo y amor a la naturaleza, se encontraba tumbada y flanqueada por un Renegado que aferraba su pezuña con gesto tierno y un orco que parecía estar susurrando algo parecido a una despedida.

-Es Thylanka, está gravemente herida después de una brutal paliza que le dieron los guardias estando borrachos, tras humillarla obligándola a imitar a una vaca...malditos miserables, no se como fueron capaces de hacerle eso a la pobre... y ahora miradla, se debate entre la vida y la muerte sin poder hacer nada por ella.

Me incorporé a duras penas y me acerqué a la Tauren, que respiraba con gran dificultad y que presentaba diferentes moratones en las partes visibles de su cuerpo, haciendo un gesto tranquilizador al orco, me situé a su lado y posé mis manos en su vientre y cabeza, ahí donde más daño había recibido, tras apartar el dolor de mi cabeza y concentrarme todo lo que pude, empecé a recordar las oraciones necesarias para invocar el poder la Luz Sagrada, deseando que mis últimas acciones no me hubieran apartado del todo del camino.

-Antaño me enorgullecía decir que era un fiel devoto y seguidor de la Luz Sagrada... a día de hoy si mi vergüenza y mis errores no me han terminado de corromper, tal vez pueda hacer algo por esta pobre desdichada.Tras sentir un breve pero suficiente torrente de pureza recorriendo mis venas oré en voz alta sin perder un segundo: Sacrûm Verhitas eit luminaris!!.

Una tenue pero estable luz emanó de mis manos y se comenzó a extender en tímidas ondas por todo el cuerpo de la Tauren, a la vez que un creciente cansancio empezó a hacer acto de presencia en mí, justo cuando me encontraba al borde del desfallecimiento pude contemplar con satisfacción como las heridas más severas terminaban de cerrarse, permitiendo así que su vida dejara de peligrar.Mi cuerpo empezó a desplomarse y varias manos me sujetaron, notando antes de caer insconciente de nuevo como me recostaban con suavidad sobre el suelo.

Un agradable frescor que recordaba a la brisa matutina cargada de las fragancias del bosque me invitó a abrir los ojos, descubriendo un rostro donde un gran hocico atraía toda mi atención, una voz soprendentemente clara para esa boca hizo que me terminara de despertar.

-Bienvenido a la conciencia de nuevo mi Sin'dorei salvador, no se muy bien cómo podría agradeceros lo que hicisteis por mí pero sabed que desde hoy, Thylanka Luna Creciente, seguidora de las antiguas costumbres de adoración a la naturaleza, está a vuestro servicio como gratitud.
-No me debeis nada ni es necesario que me presteis nada vuestro, hice simplemente lo que consideré correcto... algo que últimamente empezaba a dudar posible en mí. Además, en las circunstancias que nos encontramos creo que sólo he pospuesto lo inevitable.
-Nunca infravaloreis el valor de la vida mi desilusionado caballero, nunca sabeis que sorpresas puede traeros el mañana.
-A día de hoy ya no aprecio ni la mía propia pero concentrémonos en importante, pensar la forma de salir de aquí... aunque, disculpadme, vaya falta de educación por mi parte, mi nombre es Sergestus Khanan y venía... con la intención de matar a Thuregor, aunque veo por el resultado que mi estupidez de nuevo ha hecho acto de presencia.
-Mi nombre es Sandulf Quiebrafresno, vivía tranquilamente con mi fiel mascota en las montañas hasta que estos bastardos empezaron con sus incursiones y me capturaron a traición.
-A mi podeis llamarme Raoden El Repudiado, acompañaba a mi amiga Thylanka en sus viajes cuando nos asaltaron y nos encerraron aquí.
-Y yo soy Atheriel Eureth'Yalai, una simple aprendiz de maga de la tribu de los Lanza Negra, me dirigía a la ciudad de Orgrimmar para entregar unos escritos que mi maestro me había encomendado. Los dos Sin'Dorei que se encuentran en el rincón no os responderán, entraron en trance tras su captura y no son capaces ya de escuchar ni ver nada en esta realidad.No os extrañe mi nombre, fuí encontrada por un elfo como vos cuando era una recién nacida, mi madre desapareció y mi padre se encontraba de viaje.
-Es todo un placer conoceros,pero no sabeis cuanto me entristece el no poder prometeros que os sacaré de aquí y ofreceros de nuevo la libertad... últimamente parece que no alcanzo a saber la forma de hacer nada bien, soy una vergüenza para la orden, una parodia de caballero, tal vez sea esto lo que al fin y al cabo merezco...


Vencido por la frustración, me senté en el suelo apoyando mis manos en la cabeza, el silencio manchado de pesimismo invadió la celda y sólo unos sonidos como algo pesado cayendo sobre el suelo rompía el tenso momento, tal vez abandonarme al dulce y tentador olvido de mi mente, al igual que los dos Sin'Dorei que compartían sólo su presencia fisica, fuera lo más conveniente, al menos disfrutaría de una paz que tanto tiempo llevo esperando, ese pensamiento empezó a resultarme cada vez más atractivo, ya no quedaba más que esperar a la muerte en aquel lugar...

-Hermano, cuando tengas un momento... ¿podrías dejar de comportarte como un estúpido egoísta y dejar por una vez que alguien te eche una mano?, abre de una maldita vez tu mente, llevo días intentando contactar contigo y lo único que me he encontrado es un muro insalvable en tu dura cabezota.

Esa voz dulce tan familiar, ese tono estridente cuando me reprendía, ese deje de aparente soberbia, no podía ser, debía ser una ilusión, giré mi cabeza mientras me incorporaba a la vez que unas primeras y rápidas lágrimas asaltaban mis ojos, allí, en la puerta de la celda con una media sonrisa de satisfacción, enfundada su esbelta figura como un guante en esa armadura de cuero ceñida, sus armas de puño que parecían garras de oso que chorreaban aún con sangre, esa mirada llena de cariño que sólo una hermana podía dedicarle a la criatura mezquina que me había convertido...

-¡Shilvara, hermana!,¿¡Cómo has sabido que me encontraba aquí!?, ¿Cómo has sobrevivido a...?.

Con un gesto de su dedo índice hizo ademán que guardara silencio mientras me invitaba a fundirme en un abrazo con ella, luego con una expresión de confianza y tras exhalar un suspiro de resignación, no era la primera vez que me sacaba de algún apuro, me miró fijamente y comenzó a juguetear con mi pelo.

-Que tu te cierres a los intentos de los demás para llegar a tí no significa que tus pensamientos e inquietudes se pierdan en el viento, he venido porque sabía que te ibas a meter en otro de tus líos, siempre has sido un tonto orgulloso deseoso de hacer lo correcto y por tí mismo... deja por una vez que alguien que te quiere te ayude, comparte tu carga y verás como resulta más llevadera.

-Hermana, he cometido atrocidades que ni años de penitencia podrían ...

-Calla, no te vuelvas a dejar llevar por tus frustraciones, que tu conciencia esté en paz pues ya saben lo del ataque, al igual que estoy al corriente de todo cuanto has dicho y hecho este tiempo... siempre he estado contigo aunque pienses que la soledad y la pena fueran tus únicas compañeras. Ahora pensemos como salir de aquí sin armar mucho escándalo, no tardarán mucho en descubrir los cuerpos de los guardias.Vuestras cosas están en la sala contigua.


No daba crédito a todo lo que me estaba diciendo, sus palabras fueron como un chorro de esperanza, tal vez mi alma aún pudiera encontrar la redención... apoyé una mano en su hombro y con voz firma y segura le supliqué más que le ordené:

-Hermana, espero que puedas perdonarme todas las veces que me he comportado como un idiota... pero antes de salir de esta espantosa ciudadela de desesperación y muerte me gustaría zanjar cierto asunto personal, por favor.

Shilvara me miró a los ojos lista para volver a reprenderme pero antes que abriera la boca para ello comprendió la motivación para pedirle aquello, sin articular palabra alguna asintió levemente con la cabeza y salimos de la celda... el momento de la venganza había llegado, ún último sacrificio a lo que quedara de bueno en mí y todo habría terminado.

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