
Abrí los ojos antes que los goznes medio oxidados de la puerta de mi habitación chirriaran advirtiendo que el servicio de la posada hacía ya gala de su precisión al despertar a sus residentes tal como solicitaban, apenas había podido dormir aquella noche presa del entusiasmo por la idea de regresar a mi hogar junto a mi familia que tantos años hacía que no sabía nada y me deshice de mi manta con un ágil salto para ponerme en pie y estirarme, presto a continuar mi camino lo antes posible.
-Disculpadme mi señor... pero... -Una ruborizada doncella se tapaba en la entrada de la sala-, creo que deberiais mirar la ropa que llevais antes de dar un salto tan enérgico de vuestra cama.
Caí en la cuenta que el calor de la noche había sido sofocante y me había provocado aligerar mi indumentaria nocturna hasta quedar completamente descubierto, tapando unicamente una porción de mi pecho debido a mi suelto y largo pelo. Sonreí ante la situación divertida y busqué la forma de calmar a la pobre sirviente avergonzada:
-Os pido disculpas, no era mi intención poneros en una situación tan violenta, pero me extraña que os ruboriceis tanto, pues con vuestra belleza debería ser yo quien se debería sentir incómodo -aproveché para taparme para poder relajar la situación y la despedí con educación para poder poner en orden mis ideas-. Por lo demás, agradezco vuestros servicios y decidle al posadero que bajaré en breves para pagarle y así continuar sin más agravios.
Tras un gesto de asentimiento y mientras se retiraba soltando un suspiro, me quedé de nuevo a solas, con lo que me dispuse a vestirme lo más rápido posible y poder bajar a tomar un frugal desayuno, apenas tenía hambre y no quería perder tiempo ahora que estaba tan cerca.
Tras dar cuenta a la comida, pagar por mi estancia y dedicarle unos comentarios más a la doncella para relajarla, salí a los establos en busca de mi corcel Khyr'Atod, "Crin brillo de estrella" en mi idioma natal, el cual había sido un regalo de mis maestros de orden tras superar con éxito mis duros y largos entrenamientos. Con todo mi orgullo y con la cabeza bien alta, espoleé a Khyr para comenzar la marcha.
Aún a pesar del rápido trote que seguía, no pude evitar contemplar el cambiante paisaje que empezaba a rodearme, el peculiar desierto de Durotar, cuya belleza oculta sólo era apreciable para aquellos que habían vivido en él y supiesen descubrir sus lugares más especiales. Pronto estaría en Orgrimmar y los recuerdos de mi partida años atrás, cuando prometí a mi padre Giltha'Anas que me convertiría en un caballero de la orden de la luz sagrada como lo era él, aunque tardara siglos en conseguirlo. Mi deseo de mostrarle en que se había convertido su hijo menor me empujaba a apresurar mi marcha cada vez más.
También deseaba con intensidad encontrar de nuevo a mi madre Silvara, que tanto lloró por mi partida y que me instaba a quedarme, que se sentía orgullosa de mí aún sin ser un paladín como mi padre, pero ella comprendía que mi camino era inevitable, era lo que más anhelaba en mi interior. También me resultó doloroso separarme de mi hermana mayor, Shilvara, la pobre e inocente que se pasó tanto tiempo admirando mis ya precoces valores morales y mi ética, aprendidos desde la joventud de mi padre, el que fuera mi modelo a seguir y único en bondad y sacrificio, además de profunda devoción a su familia. Aún recuerdo como refunfuñaba con esa dulce carita a la vez que me intentaba dar la espalda en un fútil intento para convencerme de quedarme... como tras emprender la marcha me siguió durante una gran distancia para, con lágrimas en los ojos, darme un gran abrazo de despedida y desearme suerte, prometiéndome que cuidaría de papá y mamá.
Llegué a las puertas de la capital de los nobles orcos, sacando mi capa para mostrarla, pues poseía el emblema de la sagrada orden y cogiendo aire, contesté a la pregunta del centinela apostado en la almena de la muralla, que deseaba saber quién era.
-Abrid las puertas, soy Sergestus Kanan'Anas, hijo de Giltha'Anas, capitán de las tropas de defensa de Orgrimmar y de Silvara Kanan, la dragona que juró proteger a toda raza libre. Abrid las puertas y mandad un emisario para que mis padres y mi hermana sepan que he regresado para quedarme con ellos y que traigo la gracia de la luz sagrada para usarla a vuestro lado.
Una mueca de confusión invadió al orco, seguida por otra que no pude descrifrar, mezcla de cierta duda y miedo, pero aún así, accedió a abrir los portones y permitirme el acceso. Insté a mi montura para un último esfuerzo y me lancé a la carrera dentro de la ciudad en pos de buscarlos a todos, que ganas tenía de abrazarlos de nuevo.
Conforme se difundía la voz sobre mi llegada dentro de los muros, sentí como mi corazón se oprimía sin saber el motivo, intensificado más aún por el incesante espectáculo de caras entristecidas y melancólicas, como si hubiera despertado un antiguo y profundo dolor con mi regreso.
No ví a mi madre surcando el cielo y reflejando el brillo del sol en sus plateadas escamas para venir a buscarme... tampoco ví el pose orgulloso de mi padre salir acompañado de su noble escolta para recibirme... y como si una garra atenazara mi alma, ví a una sombra de lo que fue mi hermana corriendo hacia mí, su rostro era el vivo reflejo de años de angustia y sufrimiento, de culpa que atormentaba hasta en el más recondito lugar de su esencia, sus ojos soltaban lágrimas sin parar y una sombra de instantánea y dolorosa compresión me asaltó de repente.... esas miradas llenas de sufrimiento, de confusión... de muerte.
No necesité escuchar las palabras de mi hermana para saber que mis padres habían muerto, ni tampoco necesité corresponder a su abrazo para comprender todo el sufrimiento que había aguantado, ni hizo falta atender a los relatos de la gente que se reunía a nuestro alrededor para saber como había sido... de eso no tenía ninguna duda, mis padres sólo pudieron morir de una forma, luchando juntos y defendiendo lo que más querían.
Ante el aluvión de sensaciones que recorrían mi cuerpo, las palabras de apoyo que perforaban en mí como cuchillas afiladas y el cansancio del viaje, no pude aguantar más la presión y caí de rodillas presa de la angustia y el dolor, buscando el refugio en mi desolada hermana, la cual acompañe en las lágrimas que ahroa recorrían mi rostro.
Una grande y poderosa mano sujetó mi hombro en un claro gesto de intentar animarme, sin miedo ya a mostrar mi dolor, alcé mis ojos para ver de quién se trataba y contemple al señor de Orgrimmar Thrall frente a mí, poco había llegado a tratar con él pero mi padre siempre me decía que era un gran líder, noble, valiente y orgulloso pero implacable cuando de justicia y muerte se trataba, por eso le prometió su lealtad y su eterna devoción. Con la cara inundada por un gesto de comprensión, me dijo:
-Sergestus, siento que tu regreso a Orgrimmar haya tenido que ser tan dolorosa, tu padre fue un gran Caballero y te aseguro que su muerte fue honorable, luchó hasta el final con valentía y arrojo defediendo la ciudad y los suyos. Seguro que tanto tu madre, que se ganó el respeto de todos, y tu padre, estarían orgullosos de verte convertido en un miembro de la orden. Bienvenido a casa, espero que el dolor que te atenaza lo superes pronto y mantengas en el dulce recuerdo las grandes personas que fueron tus padres, si necesitas algo, sólo pidelo... se fuerte y ánimo.
Así fue mi regreso a casa, con el sabor amargo de la muerte en mi boca, con la incontrolable necesidad de lanzar un grito de furia, con deseos de rendirme al olvido y sin ánimo de enfrentarme a esta cruda realidad. Sólo mi hermana era capaz de infundirme valor, de crear un sentimiento de necesidad de protegerla, de apartarla de todo mal y de hacer lo posible para calmar su culpa, por mi honor que no permitiría que me viera sucumbir al miedo y la frustración, con lo que aún con el llanto invadiendome declaré:
-Shilv... siento no haber podido volver antes, siento mucho que hayas tenido que vivir con esta carga, pero te prometo que no volveré a irme nunca más, que me quedaré a tu lado y te protegeré, que haré que te sientas orgulloso de mí y no descansaré hasta convertirme en todo lo que significaba papá para nosotros, ese símbolo de ética, valores, rectitud, templanza y honor... no permitiré que nuestro nombre se mancille, no aceptaré que nadie dude de nuestra entereza.
Me juré a mi mismo que este iba a ser mi hogar, que aquí continuaría el camino sagrado que antaño eligió mi padre, donde mi destino me revelaría lo que me deparaba en el futuro... y no habría más razones para alejarme, aquí me quedaré... y aquí lucharé.

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