
Pasaban los días y mi regocijo no conocía límites, aún no era capaz de comprender cómo una simple dama había sido capaz de levantar mi moral de la noche a la mañana, había conocido innumerables en mis viajes y pocas veces habían llegado a conseguir marcarme de esa manera. Desde el amanecer tras el suceso, volví a mis instrucciones diarias, entregándome en cuerpo y alma, sufriendo cada gota de sudor provocado por mis esfuerzos por recuperar mi vigor, todos ellos motivados por el pensamiento de esa misteriosa damisela, la cual buscaba con mis ojos y mi mente a cada momento, viéndola pasar por las calles de la ciudad e intentar cruzar su mirada con la mía, escoltándola todas las noches que salía a pasear y conversando hasta altas horas de la madrugada, aspirando el aroma de su perfume en cada lugar que sabía que había estado...
Los más veteranos miembros de la Orden, sorprendidos por mis grandes avances en tan poco tiempo y por la determinación que reflejaban mis ojos, me entregaron una invitación para conocer una especie de asociación tan antigua como prestigiosa que antaño había luchado con gran valor bajo las órdenes de Thrall, afirmando que, con los ideales que poseía y los deseos de demostrar mi entrega, seguramente consiguiera ganarme un voto de confianza, éstos se hacian llamar Recios.
-¿Recios decís?, elevada consideración aún a pesar de los logros que contais haber conseguido, ya que estos se demuestran con acciones en el día a día y no con palabras ni nombres.
La verdad es que conocía en parte a esa gente, pues mi hermana se había ganado un lugar allí y siempre hablaba más como una familia que un cuerpo de batalla preparado para cualquier eventualidad, aún así, acepté la invitación de conocer a dichas personas.
Acudí a una gran reunión que prepararon en conmemoración a los héroes caídos en antiguas batallas, un gesto a decir verdad muy loable y a tener en cuenta, al menos sabían respetar a los caídos con honor y orgullo en la batalla.Tamaña fue mi sorpresa al conocer el tipo de miembros del cual se componían, orcos gruñones y testarudos que hacían gala de sus grandes conocimientos, Sin'doreis que despreciaban el sentido de las formas características de nuestra estirpe, Taurens protestones y sin pelos en la lengua, Renegados que deseaban disfrutar de los placeres de la vida mortal... ¿qué demonios significaba este aquelarre de comportamientos dispares?.
A punto estuve de darme la vuelta y desaparecer de aquel lugar, en vez de eso, se acercó mi hermana flanqueada por dos miembros Sin'doreis más, un practicante de la brujería que iba acompañado de su esbirro con gesto de insolente y una dama que iba ataviada con las ropas de la Luz Sagrada que supuse, seguramente su esposa. Me marcó la gran equivocación en la que me encontraba, pues a pesar de la apareciencia caótica, me encontraba entre individuos que poseían una envidiable cohesión entre ellos, una gran escala de valores y una profunda y dedicada devoción a la ética, pasé toda la jornada junto a esas personas disfrutando de las historias de cada uno, dejándome enamorar por ese ambiente que me recordaba a los años de mi instrucción y su camaradería en la niñez. Acabé sintiendo un gran honor y un creciente orgullo al ser aceptado en dicha orden, la cual, al igual que mi hermana, le prometí lealtad por lo que significaba.
No cabía en mí mismo del júbilo que sentía, la vida me sonreía por primera vez y parecía que nada ni nadie fuera capaz de destruir este sueño que estaba viviendo... pero la sombra de la duda y el miedo me asaltaba cada anochecer, temiendo que todo lo que estaba viviendo demostrara ser una ilusión, algo me decía que el dolor regresaría...
...Desperté sobresaltado por los gritos de alarma y con el brillo de las llamas entrando por la ventana de mi habitación, sin dudarlo un momento, me apresuré para colocarme mi coraza y empuñar mi espada, a la par que mi corazón se oprimía por una sensación de angustia que no podía descubrir el motivo. Salí por la puerta y agaché la cabeza justo a tiempo en el que una potente maza pasaba por encima mía incrustándose en el muro de mi casa, lancé una estocada vertical y atravesé a esa criatura mientras dejaba escapar un apagado grito por el gorgoteo de la sangre, un draenei... ¡estaban atacando Orgrimmar!.
Giré la vista trás deshacerme de mi asaltante y no pude sino contemplar con horror el pánico y la destrucción que se estaba formando en la ciudad, los guardias se apresuraban a mantener las defensas y las tropas de élite de Thrall se lanzaban a una encarnizada batalla contra los asaltantes de la zona Este de la ciudad... la zona este... el miedo volvió a apretar mi alma....
Llamé a Khyr'Atod y le fustigué para que corriera como si sus patas se movieran impulsados por el viento, seccioné a gran velocidad varias cabezas que se encontraron en mi camino, gritándoles y maldiciéndoles por la carnicería de gente inocente que estaban haciendo, deseando que sus muertes fueran lentas y amargas. Llegué a la zona que semanas atrás había sido testigo de cómo conocí a mi amada, ahora infestada de una ingente cantidad de seres ávidos de sangre y terror, aferré con más fuerza la empuñadura de mi filo y salté de mi montura para combatir en tierra firme.
Con un potente mandoble, corté el brazo de un miserable humano que acuchillaba a un huérfano orco que lloraba al ver como su cuidadora era degollada a manos de otro bastardo asesino, el cual le abrí un largo orificio en su vientre, para dejar que sus entrañas se esparcieran aún en el inútil intento por su parte de contenerlas en su interior. Sentí un aguijón en mi pierna que hizo que me arrodillara y me sujetara la herida, que ahora dejaba salir un cálido hilo de sangre por la pernera de mi coraza, a pesar del dolor, bloquee el ataque del arquero, que confiado, creyó que podría rematarme con su espada corta y dándose cuenta su error cuando sus piernas se separaron de su cuerpo en un potente corte horizontal por mi pesada espada. Apoyandome en mi arma, volví a levantarme, omitiendo el contínuo pinchazo que sentía al caminar embestí contra un grupo de ellos, que incendiaban las chozas más cercanas.
Perdí la cuenta de los diferentes cortes, golpes, empujones y otros indescriptibles dolores que iban invadiendo mi cuerpo, sólo veía sangre... sólo veía el rostro de mi dama gritando en busca de ayuda y eso era lo que me empujaba a seguir atravesando enemigos, romper sus narices con contundentes golpes de mis manos envueltas en placas, de destripar a aquellas criaturas cuyos rostros desencajados por la agonía que les infligía, suplicaban con sus últimas fuerzas mediante gestos que les concediera una muerte rápida y no les abandonara a ese largo tormento, pero para mí el dolor es la mejor forma de purgar las faltas cometidas y eso hacía, dejar que se desangraran lentamente mientras oía sus gritos plenos de sufrimiento.
Tras horas de combate que parecía no tener fin, Thrall y sus tropas de élite consiguieron destrozar el frente sur y ahora se dirigían hacia nuestra posición, la cual no había cedido ni un palmo aún a pesar de las bajas recibidas... a cada uno de los nuestros que caía, los gritos de rabia y deseos de venganza se adueñaban de nuestras gargantas y rostros, provocando un miedo intenso en nuestros enemigos que les hacía languidecer y retroceder atemorizados. Ver a los Recios pelear con valor y entrega junto al resto de los valientes que habían aceptado el desafío de proteger la entrada este, mostrando sus sonrisas más sinceras y placenteras cada vez que descuartizaban a un oponente, era algo que me llenaba de orgullo y hacía omitir los dolores de mis maltratado cuerpo, a la vez que empezaba a conocer y comprender el profundo miedo que inspiraban en las filas enemigas.
Tras abatir al último de los asaltantes y contemplar como el resto de ratas cobardes huían como podían por los senderos de Vallefresno, comprendí que aún no había terminado el dolor... quedaba saber quiénes habían sobrevivido... y quiénes habían caído.
Apagamos los fuegos y empezamos en la operación de rescate de los malheridos, apartando los escombros, lamentando cada mirada fija en el cielo despejado que no podían contener esas muecas de dolor, usando hasta el último resquicio de nuestras habilidades para intentar aliviar y sanar a aquellos que apenas se contenían en pie... pero la imagen más espantosa y que hizo que mi corazón se detuviese fue la de mi amada... inmóvil en el suelo, con sus ondas pelirrojas y ahora enmarañadas cubriendo eu ensangrentado rostro, con sus ropas agujereadas por las flechas enemigas, inerte...
Me derrumbé a su costado intentando en vano despertarla, supliqué a la Luz Sagrada concederme el don de devolvérmela, aún a costa de mi vida, en ese momento no me importaba sacrificarme por tal de volver a ver, aunque fuera durante unos segundos, aquel dulce rostro sonreir, prometiéndome que cuando terminara su misión alli podríamos buscar un lugar donde continuar juntos nuestras vidas pues es lo que más deseaba por encima de todo. No hubo respuesta, ni sonrisa, ni promesas... sólo sus párpados cerrados que me indicaban que había abandonado esta vida, para una, en la que mi corazón me aseguraba, mejor y que merecía disfrutar. La alcé en brazos, apretándola contra mi pecho con ternura mientras contenía mis lágrimas, cruzando mi mirada con mi señor Thrall, que de nuevo me veía sufrir y me preguntaba con sus ojos si era necesario tanto dolor... la llevé a un lugar cerca de la ciudad, una pequeña elevación donde sus flores preferidas crecían sin importarles el desierto que les rodeaba... allí la enterré y allí mi alma se partió en dos.
Nunca volvería a ser el mismo, de eso estaba seguro, me enteré más tarde que el ataque había sido orquestado por un despiadado humano llamado Thuregor, una simple expedición de castigo por haber matado a los bandidos que hace semanas habían irrumpido en la ciudad... no necesitaba conocer más. A la mañana siguiente me despedí de mis compañeros y de mi hermana, prometiéndoles que volvería, con la cabeza de ese infame bastardo y que no regresaría hasta conseguirlo, costara lo que costara y sin importarme quien tuviera que morir en el camino.
Emprendí el viaje el cual no conocía el regreso pero sí el motivo de mi partida... mi dulce... me abandonaste... pero tu nombre no se perderá en el olvido... mi dulce...

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